Aparecieron al mediodía, emergiendo de la selva no como un ejército, sino como fantasmas a la deriva. Eran catorce hombres, los restos de tribus aplastadas por el Pueblo de la Serpiente. Estaban demacrados, sus ropas eran harapos y sus cuerpos llevaban las cicatrices de la cautividad, pero en sus ojos había una nueva luz: una mezcla de desesperación y una esperanza tan intensa que era casi dolorosa.
Se detuvieron a una distancia respetuosa de la empalizada, sin atreverse a acercarse más. No por