La quietud de la noche siberiana no adormecía los puestos de avanzada. A casi trescientos kilómetros al suroeste de Colmillo de Plata, el aire ya no transportaba el olor a pino congelado, sino el polvo seco de las llanuras que conectaban el imperio con el antiguo reino del sur. Allí, donde la nieve comenzaba a ceder terreno ante la hierba rancia y la arcilla, la capitana Branka observaba el horizonte desde lo alto de la muralla de la Fortaleza del Eco, la primera de las siete plazas fronterizas