El eco de los pasos del emisario del sur se perdió en la inmensidad de los pasillos exteriores, dejando tras de sí un aire cargado de sumisión forzada y el frío dulce del bismuto refinado. Las siete llaves de las llanuras de seda descansaban ahora sobre la mesa táctica de granito, brillando con un fulgor opaco bajo la luz azulada de las antorchas. Vanya observó el metal labrado con una fijeza que no denotaba triunfo, sino la fría satisfacción de un arquitecto que ve encajar la primera piedra de