El sol del invierno amaneció pálido, tiñendo de un rosa gélido las murallas de piedra de Colmillo de Plata. La plaza de armas de la fortaleza, que solía albergar los desfiles militares de la aristocracia del sur, estaba abarrotada. Miles de lobos de la manada civil y los soldados sobrevivientes se apiñaban en el perímetro, flanqueados por la imponente y silenciosa infantería pesada de Thorin y la manada pura de los Colmillos Negros.
En el centro del estrado principal se alzaban dos jaulas de hi