Las dos nos miraron por última vez con una sonrisa antes de salir. Me tapé la cara con las manos, sintiendo cómo la vergüenza me consumía.
—Estoy tan avergonzada… —murmuré, mi voz ahogada entre las manos.
Christian se acercó, apartó mis manos de mi rostro y las besó. Me miró a los ojos con ternura.
—No tienes por qué avergonzarte de nada.
Abrí la boca para decir algo, pero volví a cerrarla, incapaz de encontrar palabras. Él se inclinó y me dio un beso rápido en los labios.
—Venga, vamos ya al i