Aurora sintió un nudo en la garganta, y con la voz temblorosa, miró al doctor.
—Es Juana —dijo con suavidad, como si al pronunciarlo todo se volviera real.
Álvaro la estrechó aún más contra su pecho, dejando que el nombre de su hija quedara grabado en su alma. El camino del perdón aún era incierto, pero en ese momento, lo único que importaba era que Juana tenía a sus padres. Y que, de alguna manera, eso era el inicio de algo nuevo.
Valen caminaba de un lado a otro en el pasillo, cruzado de braz