363. CECIL Y GUIDO

En cuanto cerraron la puerta, Guido se dejó caer en el sofá de cuero negro de la habitación, presionando sus manos contra su rostro como si, de esa forma, pudiera desterrar el recuerdo de los ojos de Cecil llenos de rabia y lágrimas. No se miran; Cecil comienza a quitarse la ropa, emitiendo leves quejidos. Guido corre y se arrodilla frente a ella.  

—Perdóname, amor, nunca más flaquearé. Te doy mi palabra —prometió
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