ALESSIO
—¡Deja de tratarme como un mocoso! —eleve la voz y me solté de su agarré, en cuanto estuvimos a fuera.
—¡Entonces amárrate ese jodido cinturón y a este cargo de tus pendejadas! —demando con toda dureza.
—Eso haré — indiqué molesto. —No necesito tu ayuda.
—¡Bien, pues eso espero! —gritó más alto.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó mi madre, se detuvo a lado mío y observó a mi padre por unos segundos y después a mí. —¿Por qué están aquí afuera y discutiendo?
Papá soltó una risa burlona.
—P