Clara caminaba de un lado a otro por el lujoso departamento de Dean, con la mano apoyada en su creciente vientre mientras contemplaba la ciudad desde las ventanas que iban del suelo al techo. Dean llevaba tres horas fuera y ella se estaba volviendo loca.
Su teléfono estaba sobre la mesa de mármol, con la información de contacto de Caleb brillando en la pantalla. Llevaba veinte minutos mirándolo, luchando contra el impulso de llamarlo.
Finalmente, cedió.
—¿Caleb? Soy yo.
—¡Clara, cariño! Justo e