Luis alzó los ojos y la contempló. Violeta estaba llorando, histérica, con un pecho al aire, temblorosa, tapándose la boca con una mano, y protegiendo al bebé con la otra.
La admiró como una estatua griega, con el pecho suculento, lleno y destapado, con el otro tirante apenas aferrado a su hombro redondito y frágil. Embarazada y hermosa, pero también triste, delicada, temiéndole.
Se quedó quieto, el dolor dejó de correr por su ser y entendió lo que estuvo a punto de hacer.
Se levantó como pudo,