No iba a decirle nada con él presente, no quería alertarlo, en especial porque mi voz enronquecía al llamarla de esa manera y no sabía cómo lo podía tomar mi progenitor.
A la semana y media, tal vez un poco más, una mañana, me desperté sofocado, sin poder respirar, con las manos y pies entumecidos, entre inhalaciones estertóreas y exhalaciones entrecortadas en las que salía mi aliento en pequeñas nubes de vaho que se disolvían con rapidez. Tenía el pulso reventándome los tímpanos, estaba helado