Al verla de pie, acercándose, el corazón de Zac tamborileó en su pecho, su sangre recorrió su cuerpo con rapidez y calor, calentándolo. Su olfato se colmó con el perfume que desprendía la piel de su Mónica. Supo que, si ella miraba hacia el sur de su anatomía, entendería sus verdaderos sentimientos, el ardor que su figura entre maternal y profana provocaba en su bragueta. Pero no, Mónica no miraba su entrepierna, ella tenía fijos los ojos en la bandeja.
Se relamió los labios y, cuando cortó el