La lluvia acalló mi voz. Las gotas reventaban contra el techo de la casa y las ventanas de cristal del salón, aumentando el ruido blanco que opacó su nombre, hasta que salió de la cocina y me vio desplomarme contra el marco de la puerta de mi habitación.
Dejó la comida sobre la mesa del comedor y corrió a socorrerme antes de que me deslizara hasta el piso.
―André ―gritó y me tomó con sus manos, puso mi rostro sobre sus muslos mullidos e, hincada, se tocó el cuerpo para buscar el móvil y llamar