El corazón se me detuvo al contemplarla, al mirar sus mejillas sonrojadas, su piel nívea sin imperfecciones, sus labios rojizos, sus pestañas largas y rizadas, sus ojos grandes como de cordero, de ese color dorado tan diferente y engatusador que no pude respirar. Era preciosa, la mujer más increíblemente guapa que alguna vez admiré. Sin embargo, no fue hasta que se puso de pie, revelando una figura armoniosa, femenina y exuberante que todo en mi sistema se alteró.
Siempre viví entre las sombras