Sus ojos se abrieron cuando los celos calaron en sus psique y mil ideas pasaron por sus pupilas.
Sonreí y bajé más para lamer sus labios. Gruñí al saborear su boquita entreabierta, sin besarla realmente, solo tentándola para que saliera de sus ostracismos y se rindiera a la calentura de nuestras libidos.
Su mano temblorosa, la que antes tenía en mi protuberancia, subió hasta mi pecho y sintió mi agitado corazón.
―Mi pequeño necesita a su mami, ¿verdad? ―preguntó con desesperación.
Asentí con fi