―Mi pequeño, no creo que… ―trató de decir, de advertirme para que me detuviera.
Hirvió, la lujuria se apropió de su piel, mis dedos en su pecho se tensaron con la elevación de la temperatura. Su rostro se sonrojó, sus mejillas encendieron su pálida tez, así como sus labios se hincharon gracias a la retención de sus lloriqueos.
Pero no me detuve, no podía, no quería.
El pene me palpitó. Estaba muy empalmado.
Se tapó la boca con fuerza y sus ojos se desviaron, no pudo sostenerme la mirada tras ad