Ahuequé su teta con la mano y pellizqué el pezón para mojar mi abdomen con dos pequeños chorros que salieron de sus picos rosados.
Gimoteó y su gesto se desdibujó ante el latigazo de placer que dominó sus entrañas.
―Mi bebé, sé gentil con mami. Mami te necesita, necesita saber cuánto la quieres ―susurró con fogosidad, olvidándose de su careta de madrastra buena, revelando a la mujer lasciva que palpitaba en su centro.
Gruñí por lo bajo y mis manos se fueron al respaldo del sofá. Contuvo el alie