―Ta-Tara ―murmuré asustada, con el corazón a mil por segundo, la piel más caliente y el cuerpo tiritante.
Tenía miedo, sí, pero tampoco quería moverme, no quería que la sensación extraña que crecía en mi núcleo disminuyera, aun cuando una parte de mi mente, la que seguía despierta, me advirtió que no era correcto.
―Chist, tranquila, Sofí…
Y tocó mi pecho, lo amasó con cuidado, desde abajo, lo alzó y jugó con mi cordura al apretarlo, al rozarlo con los dedos y luego al pasar la punta del pulgar