―¡Por favor! ―rogué en medio del beso, cuando lamió mis labios y gruñó hipnotizado.
No supe qué estaba pidiendo. ¿Quería que se detuviera o todo lo contrario? No lo sabía, tampoco me dio espacio para reflexionarlo.
Bajó por mi barbilla directo a mi cuello, donde me dio un pequeño mordisco que lo sentí, más que en la piel, en mi estremecida feminidad.
Temblé, mis manos aferradas a su espalda cuyos músculos se movieron cuando me tomó de las caderas, cuando se deslizó por mis curvas y me abrió par