El estruendo de la puerta al reventar fue como un trueno que se incrustó en cada rincón del apartamento. La madera voló en astillas, el aire se llenó de polvo y gritos. Los hombres de Salvatierra irrumpieron con botas pesadas y armas en alto, su sombra oscureciendo la sala como una tormenta imparable.
Alejandro reaccionó instintivamente. Empujó a Emma contra la pared más cercana, cubriéndola con su propio cuerpo. Su corazón retumbaba como un tambor de guerra, no de miedo, sino de una furia que