La noche estaba cargada de una tensión imposible de disimular. En los pasillos húmedos de la Fundación Santillán, el eco de pasos resonaba como un recordatorio de que nada permanecía oculto por demasiado tiempo. Julián, que llevaba semanas jugando un papel doble, se movía con cautela. Fingía obedecer, fingía servir, pero por dentro la culpa y el miedo lo consumían.
Ese miedo se materializó cuando dos de los hombres de confianza de Arturo Salvatierra lo interceptaron en un pasillo estrecho. Sus