Regresé a la habitación con el cuerpo pesado por las emociones y la mente nublada por las palabras de Leónidas. Cada paso descalzo sobre el suelo me recordaba el camino que había recorrido esa noche, no solo en el bosque, sino dentro de mí misma. Al cruzar el umbral, mis ojos se encontraron con Arthur, quien estaba sentado junto a la ventana, observando el paisaje nocturno. Al verme, se levantó de inmediato y caminó hacia mí con pasos firmes.
—Emily… —murmuró con voz suave, pero cargada de preo