La noche envolvía el aquelarre en un manto de quietud, pero mi mente no podía estar más inquieta. Mientras caminábamos por los pasillos de la posada hacia nuestras habitaciones, me encontraba siguiendo a Emily de cerca. Observaba cada uno de sus movimientos, incapaz de apartar la vista de ella. La forma en que su cabello pelirrojo caía en cascada por su espalda, el brillo tenue de las luces sobre su piel pálida y sus gráciles pasos que parecían hacer eco en mi pecho.
Qué irónico era. El rey de