La respiración me ardía en la garganta, como si estuviera inhalando brasas. Cada movimiento era un intercambio de carne y sangre. La daga pesaba más a cada instante, y la mirada de Alaric no tenía ni un destello de cansancio.
Sangre mía manchaba su túnica, y la suya ennegrecía el barro bajo nuestros pies. Aun así, ninguno cedía un paso más de lo necesario. Era como luchar contra un espejo que aprendía de cada golpe, que respondía con la misma furia y precisión.
El sonido metálico de las armas chocando era constante, seco, e implacable. Chispas de magia saltaban en cada colisión: la suya, negra y viscosa como aceite hirviendo; la mía, blanca y carmesí, chisporroteando como un relámpago herido.
Un rugido hizo que mi corazón se detuviera un segundo.
Leónidas.
Lo vi por el rabillo del ojo: de rodillas, cubierto de heridas que no dejaban de sangrar. La copia de Emily estaba sobre él, presionando su brazo contra su cuello, empujando su cabeza hacia el barro. Su mirada fría brillaba con un o