Capítulo 11: Sombras que regresan con nombre propio
La noche había caído sobre Atenas con la solemnidad de un telón antiguo. No era una oscuridad dócil; era densa, perfumada de sal y piedra vieja, de secretos que nunca terminaban de dormir. Desde los ventanales de su mansión, Artemis Stavros observaba la noche extendida a sus pies como un animal cansado, iluminado apenas por faroles y promesas rotas. El silencio en la casa era absoluto y demasiado agotador.
Artemis no estaba acostumbrado a ese tipo de quietud. Durante cinco años había llenado sus espacios de ruido: risas huecas, copas chocando, mujeres sin nombre y madrugadas sin memoria. Sin embargo, desde hacía veinticuatro horas, todo se había detenido en el tiempo. Era como si la casa supiera que ella había vuelto, como si Nerina hubiera cruzado de nuevo el umbral invisible de su vida y el mundo, ofendido, hubiese decidido contener el aliento.
El timbre de su mansión resonó seco y autoritario. Artemis no se sobresaltó en lo absolu