Capítulo 12: La puerta que nunca debió abrirse
La madrugada no le ofreció tregua. Artemis no había dormido nada, al menos no realmente. Había pasado las últimas horas caminando de un lado a otro de la mansión como un animal atrapado en su propia jaula, con la mente convertida en un campo de batalla donde los recuerdos no pedían permiso antes de atacar.
Nerina, su nombre era un eco persistente, una herida que jamás terminó de cerrar. Cada paso que daba lo llevaba de vuelta a ella, a la forma en que la había mirado aquella última vez, a las palabras que había escupido con una crueldad quirúrgica cuando creyó —cuando estuvo convencido— de que ella lo había traicionado con su propio primo, Nikos.
La humilló, la destrozó, la echó de su vida sin escuchar una sola explicación de su parte. Le exigió el divorcio como quien dicta una sentencia y no le importaron las lágrimas de ella, ni el temblor de su voz, ni la forma en que se aferraba a su camisa suplicando que la escuchara. Artemis había s