Horas después, el viento traía olor a hierro y pasto fermentado. Algo en el aire no estaba bien, lo sentía antes de verlo. Antes de oír los gritos. El ganado estaba alterado. Se escuchaban mugidos, la tierra alzada, el retumbar de pezuñas como tambores de guerra en la tierra reseca, era la prueba de ello.
Estaba en la parte trasera del potrero, cerrando la compuerta vieja que se emperraba en no encajar, cuando uno de los novillos se soltó de la manada. Era un animal grande, con los ojos inyecta