El silencio del rancho no era paz. Era amenaza.
Las paredes de madera crujían como huesos viejos al menor soplo del viento. La lámpara colgada en el pasillo se balanceaba por alguna corriente maldita, aunque ninguna ventana estuviera abierta. A la izquierda, el pestillo de la puerta de mi habitación, o mejor dicho, la inexistencia de él, me robaba más sueño que cualquier pesadilla. Era como si me hubieran asignado esa habitación a propósito. Sin cerradura. Sin protección. Sin tregua.
Dormir en