No lo dudé un solo segundo. Mis rodillas golpearon el suelo de tierra del almacén con un impacto seco. Me quedé allí abajo, humillado por mi propia voluntad, mirando los vaqueros negros de Sienna y las puntas de sus botas de cuero. La postura era denigrante para cualquier hombre de campo, pero a mí me provocó una oleada de calor que me subió por todo el torso. Levanté la cabeza despacio, quitándome el sombrero para dejar mi rostro al descubierto bajo la luz escasa que entraba por las rendijas d