La ayudé a levantarse, sosteniéndola firmemente por la cintura. Sienna se tambaleó un segundo, sus botas de cuero negro resbalaron en el fango de la zanja, pero en seguida recuperó esa rigidez orgullosa que tanto me fascinaba.
—Puedo caminar, Killian —dijo, apartando mis manos con una lentitud temblorosa, aunque sus ojos azules delataban el pánico pasional que aún la dominaba—. No necesito que me lleves a rastras.
—No te voy a llevar a rastras, pero no vas a volver a esa casa esta noche —senten