Isabela sabía exactamente qué era lo que Maison quería: continuar la conversación que había quedado interrumpida en Villa Bellus y arrastrarla a ese limbo indefinido entre un matrimonio que aún existía en el papel y un divorcio que él seguía postergando.
Ella no estaba dispuesta a darle esa satisfacción.
De camino al Grupo Thorne, se detuvo junto a la acera, se colocó un cubrebocas para evitar que los empleados la reconocieran y, con una idea que surgió de la pura lucidez del enojo, recogió un