Isabela bajó del auto y se detuvo en la banqueta frente al hospital, con el celular todavía en la mano y el corazón latiendo más rápido de lo que sus piernas podían avanzar.
Abordó a los primeros transeúntes que encontró, preguntó, recibió indicaciones contradictorias y dio vueltas por pasillos que olían a antiséptico y a decisiones urgentes, hasta que, finalmente, encontró el ala que Johan había mencionado.
Se detuvo en la entrada.
La escena que había imaginado durante todo el trayecto —Killia