Los tratos estaban hechos, y esperé con toda la esperanza que las alianzas se conservaran por lo menos hasta que encontráramos el remitente. Cuando llegamos a casa esa noche, estaba custodiada por un grupo de hombres de Amelia que nos miraron con superficialidad. La calle, un poco más allá, tenía un pequeño grupo de policías y cuando Alexander y yo entramos por la puerta todas las muchachas se lanzaron hacia nosotros para preguntar qué había pasado, y ninguna pareció recibir de la mejor manera