Entre todas las sirenas y los pocos hombres que estábamos en la casa, metimos a Raúl, el enorme soldado, en la habitación detrás del reloj donde estaba la carta del abuelo, Meredith había descubierto una palanca que hacía mover toda la pared y la habitación al otro lado servía perfectamente de cárcel, incluso metimos un balde que serviría de inodoro mientras tanto.
—¿Qué haremos con él? —preguntó Jhon, ya se lo habíamos presentado a Walter y al parecer se cayeron bien, no podemos tenerlo ahí po