No fue el regreso a la ciudad lo que quebró la magia, sino la manera silenciosa en la que el mundo retomó su ritmo habitual, como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Las luces de los semáforos parpadeaban con la misma indiferencia de siempre, los peatones cruzaban apresurados sin reparar en ellos, y el murmullo cotidiano de Vancouver se filtraba por las rendijas del auto, disipando poco a poco los ecos del paraíso que habían compartido, sin embargo, entre ellos, persistía una chispa nueva,