Con el primer resplandor gris del amanecer, Valery se vistió apresuradamente, se calzó unas botas, tomó una linterna y salió a buscarlo.
Mientras avanzaba, el frío le mordía la piel, pero su angustia era más punzante que la helada. Con cada paso, un pensamiento la perseguía como un látigo.
—¿Por qué lo dejé ir solo? —susurró entre dientes, con la voz quebrada por la culpa—. ¿Y si algo le pasó? ¿Y si… ¿Ya no quiere volver conmigo?
El bosque era una mezcla de silencio y susurros.
La humedad le calaba los huesos, pero su miedo la mantenía firme, guiándose por la energía sutil que aún podía percibir de él, aunque tenue y confusa.
—Por favor, Jacob… Respira… Sigue respirando —murmuró con urgencia, avanzando más rápido—. Es la única forma de que pueda localizarte…
Casi una hora después, entre los árboles húmedos que rodeaban el lago, lo vio.
Jacob estaba encogido bajo un pino, dormido, con hojas secas sobre los hombros para protegerse del frío.
Valery se detuvo de golpe, como si el alma se l