Con el primer resplandor gris del amanecer, Valery se vistió apresuradamente, se calzó unas botas, tomó una linterna y salió a buscarlo.
Mientras avanzaba, el frío le mordía la piel, pero su angustia era más punzante que la helada. Con cada paso, un pensamiento la perseguía como un látigo.
—¿Por qué lo dejé ir solo? —susurró entre dientes, con la voz quebrada por la culpa—. ¿Y si algo le pasó? ¿Y si… ¿Ya no quiere volver conmigo?
El bosque era una mezcla de silencio y susurros.
La humedad le cal