El frío regresó de golpe, pero no el frío nostálgico de la universidad, sino un frío negro, salado y punzante que me congelaba los huesos.
Abrí los ojos con un jadeo violento, buscando aire desesperadamente, con la terrible sensación de ahogo pegada a la garganta. Mis pulmones ardieron como si estuvieran llenos de cristales rotos y el pánico me hizo sacudir la cabeza, desorientada, antes de darme cuenta de que ya no estaba bajo el agua. No había oscuridad abisal, sino la luz tenue, cálida y difu