Cuando los primeros rayos del sol caribeño se filtraron sin invitación por el ventanal de la suite, el hechizo de la noche anterior se rompió con la misma violencia con la que una ola se estrella contra las rocas. El armisticio de madrugada había terminado.
Me desperté con el cuerpo pesado y un sabor amargo en la boca que no era solo por el vino tinto y el agua salada. Al abrir los ojos, la cruda realidad me dio una bofetada en plena cara: seguía enredada entre los brazos de Cristian. Su agarre