Había una vez un tiempo en el que mi mundo empezaba y terminaba en la curva de su sonrisa, en el que el universo entero se reducía al espacio que quedaba entre su pecho y el mío.
Tenía diecinueve años, el corazón intacto y los ojos llenos de una devoción tan ciega y absoluta que hoy en día me da escalofríos recordarla. Esa noche, en su pequeña habitación del campus universitario, el olor a lluvia fresca entraba por la ventana entreabierta, mezclándose con el aroma de las velas baratas que había