El eco del jade roto aún parecía vibrar en las paredes de la gran sala, como un recordatorio cruel de lo que se había perdido. Las antorchas crepitaban con su fuego anaranjado, pero ni siquiera su calor lograba disipar el frío que se había instalado en los corazones de los presentes. La imagen de Gabriela despreciando el regalo ofrecido por manos humildes quedó grabada como una herida colectiva en la memoria del clan.
Esa noche, mientras el banquete ordenado por la nueva Luna se preparaba con premura, los pasillos del castillo se llenaron de un murmullo sofocado. Los criados corrían de un lado a otro, obedeciendo órdenes que pesaban más que cadenas, mientras los guardias vigilaban con una severidad inusitada, atentos a cualquier muestra de insubordinación. El miedo se había convertido en la nueva ley, y Alfonso se complacía en verlo crecer como una llama que todo lo consume.
En la cocina, un grupo de mujeres de manos callosas amasaban pan con prisa, mientras hervían calderos llenos de