Los labios de Ares le sabían a gloria y piedad, a refugio, a protección, a libertad, eran sumamente adictivos, eran la calma que hacía meses había perdido, era el no sentirse fuera de lugar, era la constante afirmación de que todo lo que hiciera estaba bien, era lo que Pilar quería sentir.
—No creo que deberíamos hacer esto en la oficina.
Afirmó la joven con voz temblorosa, luego de que el magnate liberara sus labios, mientras sentía la nariz de Ares descender por su cuello, como una tierna caricia, cual pluma tocando su ser.
—Creo que este y cualquier lugar, es el mejor lugar, siempre que tú estés conmigo.
Afirmó el magnate, mientras que su lengua acariciaba a la unión del cuello y la clavícula de Pilar, haciéndola temblar aún más, mientras las manos de Ares se aferraban a su cadera y la llevaban aún más cerca de él, tanto así, que Pilar pudo sentir su férrea erección chocar con su muslo.
—Es tu lugar de trabajo Ares.
Quiso presentar una objeción Pilar, sin embargo su cabeza giró un