Capítulo Treinta y ocho

Los labios de Ares le sabían a gloria y piedad, a refugio, a protección, a libertad, eran sumamente adictivos, eran la calma que hacía meses había perdido, era el no sentirse fuera de lugar, era la constante afirmación de que todo lo que hiciera estaba bien, era lo que Pilar quería sentir.

—No creo que deberíamos hacer esto en la oficina.

Afirmó la joven con voz temblorosa, luego de que el magnate liberara sus labios, mientras sentía la nariz de Ares descender por su cuello, como una tierna car
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