Ares se sentía como un sentenciado a muerte, uno que al menos antes de que su vida terminara, le habían concedido su último deseo.
Era padre, él era padre del hijo de la mujer que amaba, y su corazón desbordaba de felicidad, a la vez que sus lágrimas rodaban por sus mejillas, sentía su pecho apretado, se estaba ahogando en la desesperación, en la impotencia de no poder gritar como lo deseaba, ya debía de agradecer que nadie escuchara el golpe del escritorio al caer, bueno, los esposos de Pamela seguro que sí, solo eso explicaría que aparecieran en un momento tan preciso.
Ares sabía que debía odiar a su amiga, pero a la vez le estaba agradecido, aunque como se lo había dicho, moriría, moriría de pena y dolor, por qué esa revelación que Pamela le había hecho no podía guardársela para sí, no cuando significaba que Pilar no pudiese dormir tranquila, preguntándose qué ocurrió, como era posible que ella, sin serle infiel a ese maldito desgraciado, terminará cargando el bebé de un desconocid