Ares se sentía como un sentenciado a muerte, uno que al menos antes de que su vida terminara, le habían concedido su último deseo.
Era padre, él era padre del hijo de la mujer que amaba, y su corazón desbordaba de felicidad, a la vez que sus lágrimas rodaban por sus mejillas, sentía su pecho apretado, se estaba ahogando en la desesperación, en la impotencia de no poder gritar como lo deseaba, ya debía de agradecer que nadie escuchara el golpe del escritorio al caer, bueno, los esposos de Pamela