Daniel había comenzado el día esperanzado, estaba convencido de que, en toda su vida, la mejor inversión que había hecho la había realizado la noche anterior, cuando le entregó doscientos mil dólares en efectivo, a un desconocido a cambio de un video de Pilar y Ares.
Lo había visto una y otra vez hasta el amanecer, con los ojos enrojecidos y el estómago revuelto por la rabia, porque aquella mujer que una vez fue su esposa, jamás se había movido, jamás había gemido así con él, como lo hacía con