Daniel salió del despacho de Esteban más que aturdido, caminó unos pasos sin saber hacia dónde, como si todo el edificio se hubiese vaciado de golpe.
No escuchaba teléfonos, ni teclados, ni voces, quizás no era el silencio de afuera, sino el de adentro, un aturdimiento que lo sumía en un zumbido espeso que le apagaba hasta los pensamientos.
Nunca le había pesado tanto estar solo como en ese instante, quería a su madre, quería hundirse en sus brazos como cuando era un niño y preguntarle qué hace