Lorenzo fue el primero en hablar cuando la puerta se cerró y el personal de seguridad se llevó a Erika pasillo abajo.
El eco de los pasos de la rubia aún flotaba en el aire cuando él estalló.
—¿Qué diablos se supone que fue eso? —escupió, girándose hacia Ivo—. El único lugar al que debería ir Erika es a la sala de tortura, y lo sabes.
Francisco no dijo nada, pero su mandíbula tensa dejaba claro que pensaba lo mismo, y el silencio de la oficina se llenó con un ruido suave y metálico, de la moned