Erika acababa de ingresar al club El Infierno, como cada noche. Caminó hacia el sector de empleados, dejando resonar sus tacones sobre el suelo pulido. Estaba a punto de entrar al vestidor cuando uno de los hombres de seguridad se interpuso en su camino.
—Espera. Los señores De Luca pidieron por ti.
—¿Por mí? —preguntó, y la voz le tembló apenas.
Ya lo sabía. Incluso antes de verlos, lo supo: la habían descubierto.
—Por ti, Erika. Y no tenían buena cara. ¿Qué hiciste para enfadar a los jefes?
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