Ares no podía, ni quería, disimular el gusto y el placer que le ocasionaba ver a Daniel en ese estado, con su frente perlada de sudor, las ojeras hundidas y violáceas, la mano temblorosa mientras encendía un cigarrillo tras otro, cada bocanada parecía más profunda que la anterior, como si buscara en el humo una calma que no llegaba, ni llegaría.
A medida que los empleados iban llegando, uno tras otro, Daniel apenas levantaba la vista para saludarlos con un gesto torpe, perdido, como si ni siqui