Cuando Pilar dio el primer paso al interior, el mundo se multiplicó.
Sus propios ojos la miraron de frente, de lado, desde arriba, las paredes eran espejos, el techo también, y el suelo reflejaba cada detalle con una fidelidad casi cruel, todo se duplicaba, triplicaba, extendía hacia el infinito, su mano aferrada todavía al brazo de Ares, la curva tensa de sus hombros, el leve temblor en su respiración.
Y en el centro de la habitación, la cama los esperaba.
Era grande, con sábanas de un blanco