Austin, completamente aterrado, me mira mientas aún sigo en el piso, llorando sin consuelo.
—Cariño… Escúchame… Por favor ya no llores.
Como puedo, intento levantarme, y él nuevamente me agarra, pero esta vez lo aparto de un empujón, muy alterada.
—¡Qué no me toques!, ¡no quiero que pongas tus manos sobre mí!
Al mirar fijamente a mi esposo, no sé que es lo que siento… ¿Temor? ¿Pánico?, ¿Duda? ¿Ira?
—Ava… por favor, no me hagas esto. ¡Yo te amo!— Me dice con las lágrimas rodando por