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El amanecer no trajo alivio. Solo un cielo grisáceo que parecía reflejar el estado de mi alma: desdibujado, tembloroso, desgarrado por dentro. Desde la batalla contra la facción rebelde, el silencio se había apoderado de mí. No porque no hubiera voces —las de la luna seguían ahí, susurrando, tentándome— sino porque yo misma me había quedado sin palabras. Sin fuerza.

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